ADOLESCENCIA Y OBSOLESCENCIA
Una multiplicidad de notas llenan el telefonito personal trayendo, según mi algoritmo (tengo más de sesenta años), novedades sobre la nostalgia. Uno de estos días encontré algunas palabras sobre la mejor calidad técnica de uno u otro soporte para la música (aparte de los instrumentos musicales directamente, claro). Opiniones, datos y explicaciones calculadas cubren la pantalla pequeñita. Innecesarias peleas entre los que están a favor de olvidar el pasado y los que no renuncian a él, se suceden para tener algo con qué “adobar lo múltiple cotidiano”, como decía Leopoldo Marechal. Y al parecer, cada uno se siente llamado a opinar ante esa “monstruosa nada” que es, como decía Kirkegaard, el público. Opiniones fantasmales (como la que ahora expreso aquí sin esperanza de inmediata repercusión ni mucho menos de alguna trascendencia). La virtualidad de estos tiempos nos pone a esperar algo que nunca llega. Y se gasta tiempo conversando con el pequeño aparato en vez de utilizar esos minutos (que jamás volverán) en escuchar en silencio algún buen disco.
En realidad, esto de opinar sobre todo y para nadie en particular no es más que rascarse la picazón de la nostalgia por tiempos idos. La adolescencia biológica no es la adolescencia vivencial. Todos los que hemos vuelto a los discos de vinilo, a los casetes, a los CDs, lo hacemos como una nueva primavera de los años anteriores a los treinta de cada cual. Siempre se vuelve a la adolescencia. Algunos retoman su amor por las motos, otros recuperan las habilidades creativas que se abandonaron entre los treinta y los cincuenta individuales, otros reinciden en aquello que los ha mal envejecido. Lo que hace el vinilo, en mi caso, es proponerse como el medio para seguir siendo un adolescente espiritual, algo cancelable en el discurso colectivo.
Lo que ha cambiado en estos tiempos, en la generalidad de los casos, es la mirada y el oído para la atención sobre uno u otro consumo. Junto a la crisis economica sin fin, transita el imperio de Internet, sus huellas todavía no han hecho mella en las neuronas pero el tiempo le sabrá dibujar sus arrugas. Leer libros en papel no sólo es un esfuerzo mayor que mirar una pantallita como si de un tragamonedas se tratara, sino que el precio de uno u otro producto se esconde tras la frialdad de los números inmediatos. Ir al cine es algo dejado sólo para el escaso tiempo que dejan las ansiedades que, en parte, realimentan las redes sociales. Ir al teatro, a la cancha, a los recitales, viajar, leer libros o escuchar discos de vinilo, CDs o casetes, son vistos como algo poco habitual. Y cuando eso sucede, inmediatamente cae dentro de la selfie del pequeño teléfono movil. El tiempo ha sido absorbido por los reclamos de ser atendidos en las habilidades individuales pero pocas veces más allá de pequeños grupos. La repetición del término “viral” no hace más que confirmar su atomización en el universo de la embarullada comunicación social. La mayoría de las experiencias colectivas son grupales sin llegar a ser masivas y se difunden como exitosas disfrazando en fotos de mucha gente reunida las pruebas del éxito en la convocatoria. La cantidad es preferida y suficiente por encima de la calidad.
La ventana de cada pequeño teléfono ha dejado el disfrute de la salud espiritual y artística. Parece algo sólo destinado a solitarios fanáticos incomprendidos. Y la mayoría, resentidos. Los hábitos de consumo son modificados por cada nueva tecnología. La imprenta inventada en 1450 acabó con la Edad Media al proponerse como un factor democratizador de la lectura. Lo mismo está pasando con Internet que, al expandirse mundialmente, está acabando con la modernidad, la industrialización y el trabajo físico presencial como factor identitario.
La adolescencia y la obsolescencia son espejos que se sonríen al reconocerse como tripulantes de un momento fugaz, caprichoso y saludablemente feliz. Hoy, poner un disco en una bandeja es obsoleto frente a las nuevas teconologías. Quienes nacimos sin teléfono celular estamos sometidos a la fricción de esta nueva bisagra de la historia. Otras percepciones y producciones serán unánimes recién después de 2050, cuando todos hayan nacido con la virtualidad como herramienta característica de su época. Pertenezco a esa minoría de personas que no creen que el arte sólo puede disfrutarse en el tiempo residual del quehacer diario (tendenciosamente llamado “tiempo libre”). Pero sí creo que ponerme a comparar mi manera de disfrutar del arte con las maneras de las mayorías, es una pérdida de tiempo. Prefiero invertir esos minutos en escuchar, con todos los sentidos, una buena canción.-
